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Lo que hay detrás del pescado

La historia de la pesquería más grande de salmón del mundo

El salmón, conocido como el Rey de los Peces, llegó a ser una de las criaturas más abundantes del mar, dominando las aguas del hemisferio norte. Lamentablemente, es imposible nadar siempre a contracorriente, y en los últimos siglos, a medida que el desarrollo industrial se fue extendiendo por gran parte de Europa y Estados Unidos, las poblaciones de salmón disminuyeron drásticamente.

Salmón del Pacífico
SALMÓN REAL
SALMÓN CHUM
SALMÓN COHO
SALMÓN ROJO
SALMÓN MASOU
SALMÓN ROSADO

Aunque el salmón del Pacífico está extinguido en muchos de los ríos donde antes criaba, todavía mantiene un poco de territorio en su reino del oeste. Las cinco especies de salmón que reinan en el noroeste del Pacífico son: Pink, Chum, Sockeye, Coho y Chinook. El salmón Masu, menos conocido, habita en el pacífico occidental, en la costa de Asia Oriental. Estas seis especies representan prácticamente todo el salmón salvaje que se come en el mundo.

El salmón del Atlántico no ha tenido la misma suerte que su hermano del Pacífico. Debido en gran parte al desarrollo humano (presas, contaminación, sobrepesca), las poblaciones de salmón atlántico se han desplomado en los últimos tres siglos. Como resultado, una especie que llegó a tener cientos de millones de peces está ahora en peligro de extinción. Aproximadamente, el 75% del salmón que se come hoy en el mundo viene de una piscifactoría.

Salmón del Atlántico

Dieta del
salmón de granja

Harina de pescado

Aceite de pescado

Antiobióticos

Granulado

Porcentaje del salmón que comemos

Dieta del
salmón salvaje

Kril

Zooplancton

Sardinas

Arenques

Granja

Salvaje

La historia de la pesquería de salmón más grande del mundo

En la época de los viajes de Cristóbal Colón por América el océano estaba tan colmado de tortugas que su hijo Hernando escribió que el agua parecía estar llena de rocas flotantes. Cinco siglos después, el mar ha cambiado mucho. Hoy en día, prácticamente todas las especies de tortugas marinas están en peligro de extinción. De hecho, en los últimos años la cantidad de plantas y animales amenazados es tan grande que investigadores y ecologistas aseguran que estamos ante la sexta extinción masiva.

Las nuevas tecnologías de pesca y la mala gestión de las pesquerías han convertido el océano en una sombra de lo que una vez fue. Se estima que el número de grandes peces marinos se ha reducido entre un 80 y un 90%; las tortugas marinas, muchas especies de tiburones, el atún rojo, el pez espada y la merluza negra (vendida como ‘Chilean Seabass’) son solo algunos ejemplos de las variedades amenazadas por la sobrepesca. Aunque todavía hay millones de peces en el mar, estamos matando demasiados demasiado rápido. Claro que en toda regla hay una excepción.

En su libro Cuatro peces: el futuro de los últimos alimentos salvajes, Paul Greenberg escribe que “en cuanto al salmón, Alaska es como el hombre sabio que se sienta lejos en una montaña del norte observando la destrucción que la humanidad ha causado en el sur”. Alaska contiene una de las últimas y más grandes pesquerías sostenibles de salmón salvaje del mundo, con cientos de millones de peces volviendo año tras año para remontar sus ríos natales y criar. Otros ejemplos de áreas de pesca sostenibles se pueden encontrar en Canadá, Nueva Zelanda e Islandia, pero ninguna de ellas se puede comparar al tamaño y la capacidad de las pesquerías de salmón en este estado del noroeste de EEUU.

(Fuente: fao.org)

Si Alaska es el país del salmón, la Bahía de Bristol es su capital; cada verano 6,000 pescadores en 1,600 barcos sacan de aquí más de 30 millones de ejemplares de esta especie, casi el 10% de la pesca mundial de esta variedad salvaje. Cuando Obama viajó a Alaska a principios de septiembre para recalcar el impacto social, económico y geopolítico del cambio climático, visitó este lugar. De pie, en la orilla del mar, el presidente estadounidense se dirigió a un grupo de pescadores diciendo: “[la Bahía de Bristol] no solo representa una manera única de vivir que se tiene que preservar, sino también uno de los recursos naturales más importantes que tiene los Estados Unidos”.

Este verano, fui uno de los 6,000 pescadores que sacrificaron sus manos y espalda para capturar algunos de estos salmones recolectados de la forma más sostenible en el mundo. Durante seis semanas de trabajo, mientras arrancaba los salmones de las redes de pesca y respiraba el aire con olor a sangre y gasóleo, entendí qué es lo que mantiene la bahía en este buen estado frente a sus continuas amenazas: el entendimiento tanto por parte de los pescadores como del estado de Alaska de que proteger el medio ambiente equivale a proteger su forma de vida.

¿De dónde vienen todos los salmones?

Crecí en la ciudad de Nueva York comiendo ‘bagels’ con salmón ahumado y salmón al horno con eneldo. Ni una sola vez me pregunté de dónde venía la carne anaranjada. En un mundo en el que el salmón descansa cortadito en filetes sobre montones de hielo junto a bistecs y muslos de pollo envueltos en plástico, cuesta recordar que estos animales fueron salvajes algún día. Y algunos todavía lo son.

Hace 300 años, las aguas costeras desde Nueva York hasta el norte de Canadá rebosaban de salmones salvajes. Se estima que las poblaciones de salmón atlántico pudieron llegar a los cientos de millones de peces. Tristemente, estos números han disminuido de forma drástica. Dado que deben volver del océano a sus ríos natales para reproducirse y que necesitan ríos limpios y llenos de oxígeno para poner los huevos, estos peces se ven pronto afectados por el desarrollo humano. Cuando los colonizadores estadounidenses construyeron presas y deforestaron las riberas de los ríos, destruyeron sistemáticamente los hábitats de reproducción del salmón.

En 1800, casi todas las variedades del Atlántico que habitaban los ríos de América del Norte habían desaparecido. Aun así, todavía se criaban en las aguas del norte (Nova Scotia, de ahí Nova Lox) hasta la década de los 1950, cuando pescadores fineses y daneses descubrieron aguas de la costa de Groenlandia donde se congregaban salmones adultos. Las noticias volaron y muy pronto noruegos y suecos se unieron a la caza. Al cabo de unos años, estos pescadores habían aniquilado lo que quedaba de la población de salmones atlánticos. El resultado es que una especie que una vez fue abundante con cientos de millones de peces se vio reducida a la irrisoria cantidad de 500,000. Desde entonces, el freno de la pesca comercial ha supuesto un aumento del número de ejemplares. Aun así, las cifras de población del salmón del Atlántico siguen siendo desesperadamente bajas, y la especie continúa amenazada.

(Distribución mundial de todas las especies de salmón; Fuente: FAO FishFinder, 9/10/15)

Con algunas pequeñas excepciones, todo el salmón atlántico que se consume hoy en día está criado en piscifactorías. De hecho, desde que los noruegos empezaron a experimentar para conseguir reproducir la especie en granjas en la década de 1960, se ha convertido en el pescado de acuicultura más consumido del mundo.

(Compilado por Lucas Isakowitz, a partir de datos de FAO FishState)

Al salmón del Pacífico le fue solo un poco mejor que a sus compatriotas del Atlántico; a medida que se construían infraestructuras en la costa oeste, lagos, ríos y riachuelos se convirtieron rápidamente en lugares inhóspitos. En California, Oregón, Washington e Idaho, el salmón está extinguido en el 40% de los ríos donde se criaba y, allí donde todavía hay, las cifras son muy reducidas.

La única excepción a la catástrofe es Alaska. Aquí se mantiene una de las últimas grandes pesquerías sostenibles de salmón salvaje en el mundo, debido en gran parte a la gestión increíblemente meticulosa y localizada. En su totalidad, Alaska representa el 40% de la pesca mundial de esta variedad salvaje.

(Compilado por Lucas Isakowitz, a partir de datos de FAO Aquatic Species Fact Sheet)

La pesquería de salmón más valiosa del mundo

Cuando empezó la pesca comercial en la Bahía de Bristol en la década de 1880, los pescadores utilizaban veleros de 25 pies y recogían las redes a mano. Al principio de los años 1920, una veintena de enlatadoras y cerca de 1,100 veleros de red de enmalle pescaban y procesaban casi 20 millones de salmones cada año. En los años 50, barcos de motor de 32 pies de largo reemplazaron a los veleros y grandes corporaciones de pescado y marisco financiaron la construcción de inmensas enlatadoras para procesar capturas cada vez mayores. Los métodos de pesca avanzados, un sistema de gestión federal débil y la inexistencia de vínculo alguno con Alaska de las grandes corporaciones de pescado y marisco, contribuyeron a la sobrepesca, provocando que las cifras de salmones decrecieran a una velocidad alarmante. En 1955, la migración de salmones en la Bahía de Bristol bajó de tal manera que se declaró desastre federal. Estaba claro que si se continuaba con esa loca carrera, los antes abundantes salmones se convertirían en un recuerdo del pasado.

Por fortuna, la situación mejoró a tiempo. Una vez Alaska se convirtió en estado en 1959 tomó inmediatamente el mando de la gestión de sus pesquerías. El recién formado Departamento de Pesca y Caza de Alaska (ADF&G, por sus siglas en inglés) se encargó de controlar las enlatadoras, prohibiendo el uso de trampas para los peces y otras prácticas de pesca perjudiciales, y reinventó por completo el viejo sistema de gestión federal. El ADF&G fue pionero en un nuevo estilo de gestionar las pesquerías conocido como ‘in-season escapement goal-based management’ que se ha convertido en un modelo de gestión exitosa de pesquerías. Mientras que en otras zonas se funciona bajo un sistema de cuotas, que determina la cantidad de peces que se pueden capturar antes de que empiece la temporada, en Alaska el ADF&G monitoriza los salmones que hay en cada momento y ajusta los permisos de pesca basándose en la fortaleza de la población. Dependiendo de las cuentas durante la temporada y la biodiversidad de las poblaciones, los encargados de ADF&G determinan diariamente qué territorios de pesca están abiertos para la pesca comercial.

A partir de 1959, la población del salmón de Alaska recuperó de forma paulatina niveles saludables. De hecho, en 2015 la migración de la especie en la Bahía de Bristol fue la mayor en dos décadas, una prueba del éxito del sistema.

Recientemente, le pregunté al coordinador de la gestión de la pesquería de la Bahía de Bristol, Bert L. Lewis, qué pensaba sobre el futuro a largo plazo y por cuánto tiempo creía que se podría seguir pescando esta especie aquí. Contestó: “A nivel estatal, las pesquerías de salmón son indefinidamente sostenibles. Dejando de lado una catástrofe ambiental inesperada, se podrá pescar en las aguas de Alaska indefinidamente”.

(Fuente: ADF&G website)

Los mismos pescadores juegan también un papel vital en la preservación de la Bahía de Bristol, manteniéndose unidos ante cualquier actividad que pueda amenazar el delicado ecosistema del salmón. En los años 50, muchos se opusieron a la introducción de barcos de motor, temiendo que con ellos llegara la contaminación y la sobrepesca. Más recientemente, los pescadores presionaron a la Agencia de Protección Ambiental de EEUU para que realizara un estudio sobre el potencial impacto de una mina cerca de las aguas natales del salmón; como resultado el proyecto ‘Pebble Mine’, una iniciativa multinacional con importante soporte financiero, sigue encallado en proceso de litigación.

Como dijo un capitán de barco, “la industria pesquera se basa en una fuente renovable que hemos estado aprovechando durante generaciones y generaciones de personas y infinitas más generaciones de salmones… [el problema del proyecto de “Pebble Mine”] no es más que la confrontación de una fuente renovable (pesca del salmón) versus una fuente no renovable (extraer cobre de la tierra)”.

La importancia del medio ambiente

Cuando Obama quiso enfatizar la importancia del cambio climático, viajó a Alaska, una región que en los últimos 50 años se ha calentado el doble de rápido que la media. El impacto del calentamiento global ya es palpable en esta región, con primaveras que llegan más puntuales, superficies de hielo y glaciares que se encogen, y la rápida disminución del permafrost (la capa de hielo permanente en los niveles superficiales del suelo). Otro impacto del cambio climático es la creciente acidificación del océano, que representa un gran problema para la pesca comercial de Alaska. En su informe más reciente, el Panel Internagubernamental sobre el Cambio Climático explica que “se prevé que el cambio climático ponga en riesgo la seguridad alimentaria… la redistribución de las especies marinas y la reducción de la biodiversidad marina en regiones sensibles pondrá a prueba la provisión sostenible de productividad de las pesquerías y otros servicios del ecosistema”.

Pregunté a Bert qué pensaba sobre esto. Me dijo que el impacto del cambio climático, incluyendo la acidificación del océano, están bajo el radar del ADF&G, pero parecía optimista. Me contó que “aunque el ADF&G no tenga la capacidad de controlar los factores ambientales a gran escala que pueden afectar a las pesquerías, estamos más concentrados que nunca en el presente, en cumplir nuestros objetivos, en utilizar la ciencia de mejor manera para proteger la pesca de este año y anticipar las migraciones de los próximos años para mantener nuestras pesquerías sostenibles”.

Una de las dificultades principales para conseguir que el mundo se movilice contra las amenazas ambientales, es la falta de identificación directa con el problema. Por esta razón, el cambio climático aparece en último puesto en la lista de preocupaciones del votante estadounidense; cuando a la gente se le da la opción, suele preferir destinar el dinero en educación, sanidad, defensa.... En su libro titulado Reason in a Dark Time, Dale Jamieson escribe acerca de la psicología de la inacción, explicando que la humanidad reacciona lentamente a los problemas climáticos debido a que no perciben directamente su impacto y peligro. Él escribe: “movilizamos enormes fondos en casos ampliamente publicitados de niños que han caído en pozos mientras que, en comparación, hacemos muy poco para salvar niños que son víctimas invisibles de las decisiones políticas”. Al no ser concientes de las victimas del cambio climático, no reaccionamos.

Durante la temporada de pesca, a menudo los pescadores cargan contra el ADF&G por no darles más tiempo para pescar, por abrir ese río y no este otro; por regular la pesca... Pero, aun así, son conscientes de que la gestión de las pesquerías resulta indispensable. El ADF&G y los pescadores de la Bahía de Bristol no tienen que complicarse con casos teóricos de niños pequeños cayéndose en pozos para entender la importancia de preservar el medio ambiente. Si la bahía se contamina, se pesca demasiado o se rompe el delicado equilibrio que hace que los salmones sigan volviendo cada año, los pescadores perderán su modo de vida. Y por este motivo, no tienen otra alternativa que unirse solidariamente para proteger lo suyo. Es este egoísmo por parte de Alaska y los pescadores el que ha mantenido en buen estado la mayor pesquería de salmón del mundo a pesar de las constantes amenazas ambientales.

“Todos entendemos que la prioridad es que los peces se reproduzcan, para procrearse y mantener este ciclo activo. Es decir, valoramos lo bien que está sosteniblemente gestionado y la fuente de riqueza que significa”, resume un pescador de la Bahía de Bristol.